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RESILIENCIA PDF Imprimir
Escrito por Noemi Montemagno   

En la física RESILIENCIA es la propiedad de un objeto de recuperar su estado original luego de haber sido sometido al máximo de las deformaciones posibles.

En la sicología RESILIENCIA es la capacidad de una persona de reponerse de severos derrumbes emocionales y poder seguir proyectando su vida hacia el futuro.

El ser humano tiene una gran capacidad de adaptarse, de encontrar un sentido, incluso de tener un crecimiento personal ante las experiencias traumáticas más terribles. Es una habilidad natural de todo individuo la de afrontar, resistir e incluso aprender y crecer en situaciones adversas.

 

En un duelo existen situaciones esquemáticas, predeterminadas sobre la respuesta del ser humano ante esa adversidad. Son ideas erróneas  preconcebidas de como reaccionamos ante una pérdida basadas en prejuicios y estereotipos y no en situaciones individuales. Así se cree que existe una respuesta unidimensional y de muy escasas variables en las personas que han sufrido una crisis existencial como la pérdida de un hijo, ideas que están arraigadas en la cultura occidental sin pruebas que demuestren su veracidad.

Así por ejemplo señala la idea tradicionalmente aceptada, que la depresión y la desesperación intensa son inevitables ante la muerte de seres queridos por lo que todo aquel que sufra una pérdida irreparable se deprimirá o que el sufrimiento es inevitable y su ausencia indica negación. Enunciar esto en forma general es inexacto, mucha gente que sufre pérdidas irreparables no necesariamente se deprime, la ausencia de reacciones de duelo y de sufrimiento no significa que vaya a existir un trastorno. Es normal que antes sucesos extremos muchas personas muestren una gran resistencia que le permite salir sicológicamente indemne o con daños mínimos de ese trance.

Por eso es importante comprender que características son necesarias o favorables para desarrollar la resiliencia que nos permita luego de padecer una profunda crisis existencial afrontar la vida con ansias de sobreponernos a la adversidad y seguir desarrollándonos como personas o como dice el Dr. Bianchi se puede seguir viviendo sin desarrollar esa capacidad, es decir sin resiliencia, pero sería seguir detenidos en el lugar que nos ha dejado el derrumbe producido por la pérdida que tuvimos.

Y esas características necesarias para recomponerse después de un derrumbe emocional son:

 

I.                   COMENZAR: dice Anthony de Melo al principio nadie quiere curarse. Solo aliviar los síntomas. Demostrar que se ha realizado un esfuerzo al intentar algo o consultar un especialista …

Y cuanta verdad hay en estas palabras en realidad no queremos curarnos, solo buscamos un poco de alivio para nuestro dolor. Y ello es así porque lo que nos ha ocurrido es tan terrible que no concebimos la idea de que algún día podamos superarlo. Y ahí nace la primera limitación: no nos atrevemos a imaginar que la recuperación es posible.

En segundo lugar intentamos asumir un compromiso de “lealtad” o de “fidelidad” con nuestro dolor. Nos parece que superar el dolor, o imaginar y hasta desear que el mismo pueda irse es una suerte de traición para con ese dolor y aún hasta para con el hijo muerto.

Volver a reír se concibe como una afrenta y volver a ser feliz … casi como un olvido.

Por ello nos refugiamos en nuestro dolor, nos encerramos en su caparazón y no queremos curarnos.

Pero por otra parte el dolor nos ahoga, no nos deja vivir, por momentos se torna insoportable, y es entonces que intentamos cualquier camino en busca del alivio, pero solo eso, un alivio que permita que el dolor sea mas soportable.

Si embargo, la búsqueda del alivio es un comienzo que debe ser suficientemente valorada y entendida como un paso necesario, aunque no suficiente del camino a la recuperación.

     

II.                CONTINUAR: Sufrir para dejar de sufrir –dice Anthony de Melo- usar el mismo sufrimiento para combatirlo y reducirlo en cuanto sea posible.

En esta segunda etapa en que se va aliviando nuestro dolor se pone de manifiesto en toda su potencia el sufrimiento. Que pasa … el “dolor” es un sentimiento que tenemos, que está presente y que no podemos gobernar, el “sufrimiento” por el contrario es algo nuestro, es la encarnación del dolor en nosotros, dolor que procesamos a través de nuestra mente y nuestro corazón. Es el apego al dolor. Y es aquí cuando empezamos a sentir que aliviar el dolor es aumentar el sufrimiento.

Todo progreso espiritual tiene lugar a través del sufrimiento, para eso tenemos que aprender a usar el sufrimiento para terminar con el sufrimiento. La única manera de tratar con el sufrimiento es hacerle frente. Y esto es lo más difícil, aceptar que en nuestro trabajo de recuperación todo será más triste y más duro de lo que pensábamos.

El peligro de esta etapa es el desaliento, es que nos detengamos, que abandonemos y que volvamos a la rebelión, a la negación de la realidad.

Por eso plantearnos la necesidad de “continuar” a pesar de lo duro, de lo áspero que es el camino, a pesar de que ello nos lleve a sufrir más, porque el sufrimiento nos revela nuestras debilidades, saca a la superficie nuestras necesidades internas, y el único remedio para esto es ver la realidad tal como es y aceptarla porque sin ello no hay recuperación posible.

El dolor nos enseña, y el sufrimiento también. Solo en nosotros está que esa enseñanza se convierta en aprendizaje y como aprendizaje en un elemento transformador y para ello debemos continuar, comenzar no ha sido suficiente, hay que continuar, tenemos que aprender a sufrir para dejar de sufrir, es decir siempre … continuar.

 

III.             NO PERDER LA ESPERANZA: en tanto tengamos esperanza, tendremos una meta, la energía necesaria para avanzar hacia ella y una guía para alcanzarla. Existen cientos de alternativas, miles de caminos e infinidad de sueños. Si tenemos esperanza nos encontramos a mitad de camino de nuestra meta, si carecemos de ella, estamos completamente perdidos. Es común en el proceso del duelo la pérdida de la esperanza, la desazón, el creer que ya nada importa, que nunca podremos recuperarnos de nuestra pérdida.

Es en esta circunstancia en que el tiempo juega un doble papel: por un lado no pasa nunca, es lento, cuesta comenzar la jornada, planificar el día, por otro lado parece volar, mirando atrás, no podemos creer que han pasado semanas, meses o años desde que nuestro hijo partió.

Y nuestra capacidad de aguante se vuelve limitada, nos angustian los altibajos, las caídas recurrentes y el miedo … si el miedo por un futuro que si bien decimos que no nos importa, en realidad nos aterra imaginar un futuro con sufrimiento.

Y ante ello solo nos queda la esperanza, y defender la esperanza es una misión en la que no debemos desfallecer. Es verdad que cuando vemos un destello de luz nos sentimos tentados de creer que es una falsa esperanza, una mera ilusión y también es verdad que cuando creemos que estamos mejor un nuevo sacudón emocional nos derrumba y llegamos a pensar que el esfuerzo que estamos haciendo es inútil. Si embargo es en estos momentos en que debemos mantener viva la llama de la esperanza porque es lo único que nos puede mantener en el camino y andando.

Mantener viva la esperanza es buscar en cada uno de nosotros, en el fondo de nuestro corazón, algún elemento, un motivo, una causa, aunque sea un mínimo sentimiento para usarlo como el grano de arena que permita levantar una nueva vida.

Mantener viva la esperanza es también es no caer en la tentación de medir todo desde la óptica del dolor, no ver el futuro desde la óptica actual que por supuesto es devastadora.

Si tenemos esperanza de recuperación, o si queremos algo menos ambicioso, no la descartamos, eso ya es un paso positivo para comenzar a andar. Mientras suene en nuestro corazón aunque sea un mínimo eco de la frase … se puede … estaremos en el camino y habrá esperanza. 

 

IV.             CRECER A PESAR DEL DOLOR: el crecimiento es la elaboración de la experiencia que nos tocó vivir de manera que forme parte de nuestra vida para así poder enfrentar el futuro. Decimos que se supera una crisis cuando se está listo para seguir viviendo.

Quien no ha dicho alguna vez y antes de la pérdida que padecimos “si se me muere un hijo yo no podría seguir viviendo” y sin embargo pasaron días, meses, años para algunos, y estamos vivos.

Sobrevivir a una crisis significa adaptarse mentalmente a ella, descubrir nuevos conceptos sobre lo que es la vida.

El primer paso es enfrentar los hechos de la situación critica.

El segundo es entender porque se destruyen los sueños u objetivos.

Por último se deben desarrollar nuevas esperanzas, sueños y objetivos que nos permitan vivir en este mundo diferente que tenemos después de la pérdida.

Es una transformación espiritual, cambian las prioridades y se adoptan nuevos valores.

 

Para Victork Frankl superviviente de los campos de concentración nazi y conocido por el desarrollo del concepto de la sicología existencial y la logoterapia es una situación excepcionalmente difícil lo que le da al hombre la posibilidad de crecer espiritualmente más allá de si mismo “ el hombre que se levanta es aún más fuerte que el que no ha caído”. La pérdida de un hijo es siempre una experiencia negativa, pero lo que suceda a partir de ella depende de cada persona. La opción está en la mano del hombre.

Quien pueda activamente trabajar para otorgarle sentido a su propio derrumbe emocional y a la trágica muerte que lo originó podrá responder con resiliencia a su dolor, no podrá lograrlo en cambio quien se someta pasiva y resignadamente al paso del tiempo con la única finalidad de menguar su sufrimiento .

Y esto lo relaciona el Dr. Bianchi con el apego, entendido éste como “la conducta que no nos permite alejarnos de quien pueda protegernos en situaciones extremas” y esta vinculación la fundamenta en el hecho de que nadie puede resolver en soledad su renacimiento luego del derrumbe emocional provocado por la muerte de un hijo. El peor duelo es sin duda el duelo solitario. Será necesario entonces pedir y aceptar ayuda, que puede ser la pareja, un amigo, un terapeuta o alguien que haya vivido una similar experiencia de vida y aquí se ubica la inefable ayuda que puede brindar al doliente un grupo de pares.

Por eso y siguiendo las palabras del Dr. Bianchi “el duelo que se exprese como un proceso activo encaminado a la búsqueda de sentido, encaminado a un nuevo proyecto de vida, todo con actitud responsable y solidaria y en libertad de elegir cada uno sus propias respuestas sería lo más aproximado a la definición de resiliencia que copiamos de la física y mencionada al principio de esta reflexión.

No obstante no podemos pretender que el concepto físico de resiliencia “en el cual el objeto vuelve al mismo estado que tenía antes de la deformación” se aplique a nosotros “como objetos”, en este caso es más apropiado hablar de la “etapa reparatoria del duelo” ya que nadie puede pretender ser el mismo que ha sido antes de la muerte de un hijo. Nos podemos recuperar, para ser distintos, hasta para ser mejor, pero nunca seremos quienes fuimos antes, porque en nuestra biografía ha habido un día, una noche, un segundo de nuestra vida que marcan un antes y un después, que desde luego nunca serán iguales.     


 
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