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EL SUFRIMIENTO NO ES UNA ENFERMEDAD PDF Imprimir
Escrito por Noemi Montemagno   

Hace ya 14 años, cuando iniciamos RENACER, lo hicimos con el firme convencimiento que el sufrimiento no era, ni lo será jamás, una enfermedad, sino una situación existencial, más aún, es una condición existencial del ser humano. Esto que parece ser una verdad de perogrullo adquirió su verdadera dimensión al cotejar nuestra experiencia, ya pasado algún tiempo, con la de otros grupos de autoayuda. Se hizo patente entonces que todos los grupos existentes trabajaban con enfermedades, fundamentalmente de tipo adictivo.

También se hizo evidente, a través de nuestro trabajo, que aún en casos de enfermedades el hombre no es su enfermedad, que el ser humano es infinitamente más que su enfermedad, y que precisamente en ese ser más que… es donde se hallaban los recursos necesarios para trascender esa conmoción existencial. El siguiente párrafo del libro “Una Vida Fascinante” de Elizabeth Lukas nos ayuda a comprender esto:

” Todo lo que el ser humano ‘tiene’ puede enfermar: cuerpo y alma. El intelecto y el sentimiento pueden ser perturbados por la enfermedad. A pesar de esto, nunca puede enfermar lo que la persona “es”: la persona espiritual. Por definición algo espiritual se encuentra más allá de salud y         enfermedad, y por lo tanto más allá de la vida y la muerte. Por supuesto la persona espiritual que un ser “es” necesita de un medio de expresión, que el ser humano “tiene” en forma de su organismo psicofísico, similar a como la música necesita del violín para ser escuchada. Cuando el   violín tenga un desperfecto (“está enfermo”) nadie dirá que la música tiene un desperfecto (“está enferma”); y cuando el violín se haya roto (“muerto”), de manera que nunca más pueda tener sonido, nadie dirá que la música se ha roto (“muerto”).

Es precisamente en esta dimensión espiritual donde se generan los fenómenos más humanos del hombre: el amor, la libertad y la responsabilidad y son estos fenómenos los que nos permiten darnos cuenta de un hecho capital para enfrentar nuestro destino: “una cosa es lo que nos ha pasado y otra cosa, y muy distinta, es lo que cada uno de nosotros decide hacer con aquello que nos ha sucedido”Nosotros, al igual que ustedes hemos perdido un hijo, pero el haber sufrido con dignidad, el haber sido capaces de levantarnos y tenderle una mano a muchos padres sufrientes, no puede ser visto como mérito de ese hijo sino como un homenaje a él, por nuestra decisión.

Hemos trabajado con el convencimiento que, al enfrentarnos a situaciones límite nos damos cuenta, quizás por vez primera que somos seres históricos, envueltos en nuestro propio devenir, que la historia ya realizada no puede ser cambiada, que no tiene sentido continuar rumiando eternamente sobre ese pasado, y que la salida existencial yace por delante nuestro, en lo que aún queda por realizar de nuestro futuro, en otras palabras, que la única manera de eliminar la oscuridad es dejando que entre la luz.

 A lo largo de este trabajo con padres sufrientes y grupos de ayuda mutua hemos tratado de transmitir la idea de algo común a todos los grupos de ayuda mutua: esto es que todos tienen que ver con el sufrimiento humano, más allá del origen de ese sufrir y que por lo tanto deben estar orientados hacia el hallazgo de sentido en ese sufrimiento, que el objetivo común no debe ser no sufrir sino no sufrir en vano, que deben ayudar a sus integrantes, no a trabajar con los hechos del pasado que no  pueden ser cambiados, sino a abrirse a ese mundo en el que esperan las posibilidades aun latentes en sus vidas, que deben ayudarlos a elegir correctamente entre todas las posibilidades, que deben encontrar las opciones con sentido, que deben emprender el camino, el  único camino con sentido que esa conmoción existencial les plantea: el camino final de humanización.

Frente a esta opción nos encontramos con otras frecuentemente usadas en muchos grupos de ayuda mutua. Algunos trabajan arduamente hacia el autoconocimiento de lo que está mal en sus integrantes y en la elaboración de las emociones, las que por su propio carácter de transitoriedad desaparecen ni bien se encuentra un sentido al sufrimiento que las origina. Uno de los graves problemas de esta orientación hacia la autoobservacion es que lleva con frecuencia a cuadros de hipereflexión en los que se da vuelta continuamente, en círculos sin salida, sobre los problemas que aquejan a los miembros, llevando a estados de lamento continuo. Al respecto Elizabeth Lukas nos dice que son tres los peligros del continuo lamentarse:

1-Un sobredimensionar el motivo del lamento, el que es percibido en forma exagerada y atrae toda la concentración sobre sí mismo

2-El que se lamenta acrecienta su dolor y se siente cada vez peor: se ahoga en su pena.

3-La familia y la sociedad no lo toleran y abandonan al ser sufriente.

Hace ya 14 años, cuando iniciamos RENACER, lo hicimos con el firme convencimiento que el sufrimiento no era, ni lo será jamás, una enfermedad, sino una situación existencial, más aún, es una condición existencial del ser humano. Esto que parece ser una verdad de perogrullo adquirió su verdadera dimensión al cotejar nuestra experiencia, ya pasado algún tiempo, con la de otros grupos de autoayuda. Se hizo patente entonces que todos los grupos existentes trabajaban con enfermedades, fundamentalmente de tipo adictivo.

También se hizo evidente, a través de nuestro trabajo, que aún en casos de enfermedades el hombre no es su enfermedad, que el ser humano es infinitamente más que su enfermedad, y que precisamente en ese ser más que… es donde se hallaban los recursos necesarios para trascender esa conmoción existencial. El siguiente párrafo del libro “Una Vida Fascinante” de Elizabeth Lukas nos ayuda a comprender esto:

” Todo lo que el ser humano ‘tiene’ puede enfermar: cuerpo y alma. El intelecto y el sentimiento pueden ser perturbados por la enfermedad. A pesar de esto, nunca puede enfermar lo que la persona “es”: la persona espiritual. Por definición algo espiritual se encuentra más allá de salud y         enfermedad, y por lo tanto más allá de la vida y la muerte. Por supuesto la persona espiritual que un ser “es” necesita de un medio de expresión, que el ser humano “tiene” en forma de su organismo psicofísico, similar a como la música necesita del violín para ser escuchada. Cuando el   violín tenga un desperfecto (“está enfermo”) nadie dirá que la música tiene un desperfecto (“está enferma”); y cuando el violín se haya roto (“muerto”), de manera que nunca más pueda tener sonido, nadie dirá que la música se ha roto (“muerto”).

Es precisamente en esta dimensión espiritual donde se generan los fenómenos más humanos del hombre: el amor, la libertad y la responsabilidad y son estos fenómenos los que nos permiten darnos cuenta de un hecho capital para enfrentar nuestro destino: “una cosa es lo que nos ha pasado y otra cosa, y muy distinta, es lo que cada uno de nosotros decide hacer con aquello que nos ha sucedido”Nosotros, al igual que ustedes hemos perdido un hijo, pero el haber sufrido con dignidad, el haber sido capaces de levantarnos y tenderle una mano a muchos padres sufrientes, no puede ser visto como mérito de ese hijo sino como un homenaje a él, por nuestra decisión.

Hemos trabajado con el convencimiento que, al enfrentarnos a situaciones límite nos damos cuenta, quizás por vez primera que somos seres históricos, envueltos en nuestro propio devenir, que la historia ya realizada no puede ser cambiada, que no tiene sentido continuar rumiando eternamente sobre ese pasado, y que la salida existencial yace por delante nuestro, en lo que aún queda por realizar de nuestro futuro, en otras palabras, que la única manera de eliminar la oscuridad es dejando que entre la luz.

 A lo largo de este trabajo con padres sufrientes y grupos de ayuda mutua hemos tratado de transmitir la idea de algo común a todos los grupos de ayuda mutua: esto es que todos tienen que ver con el sufrimiento humano, más allá del origen de ese sufrir y que por lo tanto deben estar orientados hacia el hallazgo de sentido en ese sufrimiento, que el objetivo común no debe ser no sufrir sino no sufrir en vano, que deben ayudar a sus integrantes, no a trabajar con los hechos del pasado que no  pueden ser cambiados, sino a abrirse a ese mundo en el que esperan las posibilidades aun latentes en sus vidas, que deben ayudarlos a elegir correctamente entre todas las posibilidades, que deben encontrar las opciones con sentido, que deben emprender el camino, el  único camino con sentido que esa conmoción existencial les plantea: el camino final de humanización.

Frente a esta opción nos encontramos con otras frecuentemente usadas en muchos grupos de ayuda mutua. Algunos trabajan arduamente hacia el autoconocimiento de lo que está mal en sus integrantes y en la elaboración de las emociones, las que por su propio carácter de transitoriedad desaparecen ni bien se encuentra un sentido al sufrimiento que las origina. Uno de los graves problemas de esta orientación hacia la autoobservacion es que lleva con frecuencia a cuadros de hipereflexión en los que se da vuelta continuamente, en círculos sin salida, sobre los problemas que aquejan a los miembros, llevando a estados de lamento continuo. Al respecto Elizabeth Lukas nos dice que son tres los peligros del continuo lamentarse:

1-Un sobredimensionar el motivo del lamento, el que es percibido en forma exagerada y atrae toda la concentración sobre sí mismo

2-El que se lamenta acrecienta su dolor y se siente cada vez peor: se ahoga en su pena.

3-La familia y la sociedad no lo toleran y abandonan al ser sufriente.

 

 
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