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LAS CULPAS PDF Imprimir
Escrito por Noemi Montemagno   

Fragmento del libro de Harold Kushner, “Cuando a  la gente buena le suceden cosas malas”.


 

Hace algunos años tuve una experiencia que me enseñó la forma en que la gente puede empeorar una situación que ya de por sí es mala, culpándose a sí misma. En enero, tuve que oficiar dos funerales, en días sucesivos, para dos ancianas de mi comunidad. Las dos fallecieron a “una edad avanzada”, como diría la Biblia; las dos sucumbieron al  desgaste normal de su cuerpo después de una vida larga y plena. Sus casas estaban próximas así que realicé las visitas de pésame a las dos familias en la misma tarde.
En la primera casa, el hijo de la mujer fallecida me dijo:
-Si hubiese mandado a mi madre a Florida y la hubiera sacado de este frío y nieve, todavía estaría viva. Yo tengo la culpa de que haya muerto.
En la segunda casa, el hijo de la otra mujer fallecida me dijo:
-Si no hubiese insistido en que mi madre fuera a Florida, todavía estaría viva. Ese largo viaje en avión, el cambio abrupto de clima, fue demasiado para ella. Yo tengo la culpa de que haya muerto.
Cuando las cosas no resultan como lo deseamos, es muy tentador suponer que si las hubiésemos hecho de otro modo, la historia hubiera tenido un final feliz. Los religiosos saben que cada vez que se produce una muerte, los sobrevivientes se sienten culpables. Como el curso de acción que eligieron no salió bien, creen que el opuesto -retener a mamá en casa, postergar la operación- hubiera resultado mejor. Después de todo, ¿qué podría haber sido peor? Los sobrevivientes se sienten culpables porque ellos conservan la vida y, en cambio, el ser querido ha muerto. Se sienten culpables cuando piensan en las palabras amables que jamás le dijeron, y las cosas buenas que nunca tuvieron tiempo de hacer por esa persona. Ciertamente, muchos de los rituales de todas las religiones tienen por fin ayudar a los deudos a desprenderse de esos sentimientos irracionales de culpa por una tragedia que ellos, en realidad, no causaron. Pero ese sentido de culpa, la sensación de que “yo tengo la culpa”, parece ser universal.
Al parecer, hay dos elementos involucrados en nuestra predisposición a sentir culpa. El primero es nuestra necesidad extenuante de creer que el mundo tiene sentido, que hay una causa para cada efecto y una razón para todo lo que sucede. Eso nos lleva a encontrar patrones y relaciones tanto donde realmente existen (fumar produce cáncer de pulmón; la gente que se lava las manos tiene menos enfermedades contagiosas) como donde sólo las inventamos con nuestra mente (los Red Sox ganan cada vez que uso mi suéter de buena suerte; el muchacho que me gusta me habla los días impares, pero no los pares, excepto cuando hubo un feriado que modificó el patrón). ¿Cuántas supersticiones públicas y personales se basan en algo bueno o malo que sucedió inmediatamente después de que hicimos algo, y en nuestra suposición de que sucederá lo mismo cada vez que se presente el mismo patrón?
El segundo elemento es la noción de que nosotros somos la causa de lo que sucede, especialmente de las cosas malas. Aparentemente, hay una breve distancia entre creer que cada evento tiene una causa y creer que tenemos la culpa de cada desastre. Las raíces de este sentimiento pueden encontrarse en nuestra niñez. Los psicólogos mencionan el mito infantil de omnipotencia. Los bebés llegan a pensar que el mundo existe para satisfacer sus necesidades y que ellos hacen que las cosas sucedan. Se despiertan a la mañana y ponen en movimiento al resto del mundo. Lloran y alguien corre a atenderlos. Cuando tienen hambre, los alimentan, cuando se mojan, los cambian. Con frecuencia, no superamos por completo esa noción infantil de que nuestros deseos hacen que las cosas sucedan. Una parte de nuestra mente continúa creyendo que la gente enferma porque nosotros la odiamos.
En realidad nuestros padres suelen alimentar esa noción. Sin comprender que nuestros egos infantiles son muy vulnerables, nos reprenden cuando están cansados o frustrados por razones que no tienen nada que ver con nosotros. Nos gritan por interponernos en su camino, por dejar los juguetes desparramados o por poner el televisor demasiado fuerte, y nosotros, en la inocencia de nuestra niñez, suponemos que tienen razón y que nosotros somos un problema. Su ira puede pasar en un instante, pero nosotros continuamos llevando las cicatrices de sentirnos culpables, pensando que cada vez que algo sale mal, nosotros debemos asumir la culpa. Años después, si nos sucede algo malo a nosotros o a las personas que nos rodean, los sentimientos de nuestra niñez vuelven a emerger y suponemos instintivamente que hemos vuelto a cometer un error.

 
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